Facebook Twitter Google +1     Admin

Educar después de Auschwitz

Periódico Hoy. 22-02-2010
HEMOS visto hace unos días fotos del campo de exterminio de Auschwitz recordando el genocidio judío. Hace 65 años que aquel campo fue liberado y hasta hace un par de lustros se consideraba por estas tierras que aquello era un asunto de judíos y alemanes. Va ganando, sin embargo, terreno la conciencia de que ese episodio de barbarie nos interpela a todos, también a nosotros. El Estado español, aunque con retraso, se ha unido al coro de países que recuerdan oficialmente las víctimas judías, gitanas u homosexuales y que se han comprometido a abrir ventanas en la enseñanza primaria y secundaria para hablar del Holocausto.
Hay en ese estremecedor episodio de la historia europea una lección que tiene valor universal. Recordemos, en efecto, que el Tribunal de Nürenberg tuvo que inventarse una figura jurídica -crimen contra la humanidad- para calificar lo que había ocurrido en los campos polacos de Auschwitz, Treblinca o Sobibor. El término humanidad tiene en castellano dos significados. Se refiere en primer lugar a la especie humana, de suerte que crimen contra la humanidad equivale a genocidio, un atentado a la integridad física de la especie. Pero también significa civilización, con lo que crimen contra la humanidad sería la muerte de las conquistas humanitarias del ser humano a lo largo de la historia.
Ese doble crimen tuvo lugar en los campos de exterminio. Los nazis no sólo querían acabar con los once millones de judíos europeos, sino también librar a la humanidad de la contribución civilizatoria del judaísmo. Había que empezar expulsando al judío de la especie humana, por eso le trataban como a un gusano, hasta conseguir que él mismo interiorizara que no era un ser humano. La estrategia estaba bien pensada: la misma escudilla servía para lavarse, comer y defecar; prohibido tratar a muertos de cadáveres, sólo eran «leños» o «trapos»; los oficiales nazis se inventaron un partido de fútbol contra los prisioneros judíos encargados de la cámara de gas y de los hornos crematorios, para demostrarles que eran igualmente abyectos. Primo Levi recuerda el júbilo de los nazis abrazando a sus víctimas: «os hemos corrompido, arrastrado al polvo con nosotros. También vosotros, como nosotros, habéis matado a vuestro hermano. Podemos jugar juntos». Había que matar los cuerpos y deshumanizar las almas.
Querían borrar del mapa la cultura judía porque era un obstáculo para sus planes milenarios. Ya en 'Mein Kampf' Hitler puso entre comillas, como si hubiera que vigilar con corchetes, los términos más peligrosos, a saber: «ser humano», «humanidad», «conciencia» , «culpa», «compasión», es decir, todo ese patrimonio cultural que explica el proceso civilizatorio del ser humano y que le ha permitido ganar lentamente la batalla a la animalidad. En los campos no sólo murió el judío, también el hombre.
Hitler fue vencido. No pudo consumar su plan pero la barbarie continúa. Ante nuestros ojos, en África y Europa, se han repetido los genocidios y no parece, por otro lado, que el sufrimiento de los otros cotice en política. Hay que volver a ese libro abierto que es Auschwitz para detectar y neutralizar las lógicas perversas que llevaron a la catástrofe. En primer lugar, el rechazo del diferente. Ahora llamamos xenofobia al odio al forastero porque tiene otro Dios, habla alguna algarabía o viste chilaba. Durante siglos la xenofobia se expresó sobre todo como antijudaísmo, bien aderezado con «justificaciones» religiosas y laicas. Había calado tan hondamente en toda Europa que cuando Hitler tanteó las reacciones de las cancillerías europeas a su política antisemita, sacó la conclusión de que nadie se molestaría por ello. El genocidio ocurrió, como dice Georg Steiner, ante la indiferencia de nueve sobre diez europeos. El nuevo chivo expiatorio, en el imaginario occidental, es el «moro» que está ocupando el lugar que durante siglos tuvo el judío.
En segundo lugar, la fragilidad de las barreras morales del hombre moderno. Hanna Arendt se inventó la figura de «la banalidad del mal» para explicar cómo en la culta Alemania pudo instalarse una cadena de producción industrial del asesinato. Comprendió enseguida que el odio no da para tanto. Para el montaje de esa industria criminal había que contar con el hombre normal, es decir, con el buen padre de familia que cuando llegaba agotado del campo de muerte se relajaba oyendo a Mozart, leyendo a Goethe o preparándose para ir a misa con toda la familia. «Banalidad del mal» no significa que el crimen fuera asunto menor, sino que los asesinos eran gente como nosotros. Basta tocar alguna tecla, como la xenofobia o el patrioterismo, para que el hombre normal se convierta en criminal. Eso ya ha ocurrido, aquí, al lado.
En tercer lugar, lo que algunas mentes lúcidas durante los años cuarenta llamaron «la frialdad burguesa». Se referían a ese tipo de enseñanza que prima la instrucción y desprecia la educación; a ese tipo de investigación que sólo valora el avance del conocimiento, sin preguntarse si sirve o no a la humanización del hombre. Produce desasosiego que la figura contemporánea del sabio sea el científico. El hombre de ciencia es un experto al que se le pide que no mezcle su vida personal, sus experiencias y sentimientos con los conocimientos. Todo lo contrario del sabio antiguo que extraía sus saberes de las experiencias más dolorosas.
Educar después de Auschwitz es educar contra las querencias que hicieron posible aquel desastre y que siguen al acecho.

03/03/2010 13:43 sapereaude sin tema No hay comentarios. Comentar.

Filósofos en tiempos de crisis.

Hay una especie de creencia popular según la cual la filosofía no debe de interesarle hoy a mucha gente, mucho menos a los estudiantes de ESO o Bachillerato, más ocupados en hacer realidad las expectativas que la sociedad deposita en ellos que en desarrollar, en uno de los mejores momentos de la vida, la mejor parte de lo que nos ha tocado como humanos: el intelecto. Desarrollo que en ese momento se lleva a cabo con el aprendizaje de lo mejorcito de la cultura. El noble propósito de ilustrarse, de salir de la minoría de edad se encarga de aniquilarlo una sociedad de por sí infantilizada con efectiva minuciosidad. Sin embargo, muchos de estos jóvenes logran prestar atención a lo que se les dice en clase (que no es poca cosa,) comprenden los razonamientos de muchos filósofos sobre muchos asuntos y llegan a generar un espíritu crítico.

A pesar de lo mucho que nos empeñamos los adultos en inventar fantasías sobre la adolescencia y hacérselas creer a los jóvenes, algunos de ellos logran escapar de estas redes y muestran un insospechado interés por el saber, quizá haciéndole caso a aquella opinión de Aristóteles de que todos deseamos por naturaleza conocer, no sólo los misterios de la noche de marcha, los devaneos de los famosos o las divagaciones de nuestro político favorito, sino lo que hay detrás del deseo de divertirse, de las relaciones personales o del afán de poder.

            La mayoría de las obras de Platón son diálogos, es decir, conversaciones entre amigos. Normalmente el que lleva la voz cantante es el maestro de Platón, el bueno de Sócrates, quien curiosamente no escribió nada. Cuentan que incluso llegó a decir una vez al leer una obra de Platón: "¡Pero cuántas tonterías me hace decir este muchacho!" El caso es que Sócrates se encuentra con unos y con otros y les tira de la lengua pero no para preguntarles sobre el vecino, sino para ver qué es lo que piensan de cosas todavía más íntimas como el hacer justicia.

En una de las obras maestras de la filosofía, La República, Platón se pregunta cómo sería un Estado perfecto. En realidad empieza preguntándose cómo debería ser el alma de alguien justo, o sea, cómo debemos ser para ser buenos.

En un principio, Platón dice que quizá un Estado perfecto sería un pequeño Estado autosuficiente, una especie de sociedad agroganadera que produjera lo justo para garantizar su propio sustento. El que habla así es Sócrates, sin embargo, uno de los amigos con los que está conversando le reprocha que eso sería un Estado de cerdos y que hay que pensar en un Estado capaz de producir lujos, lo cual cambia totalmente el rumbo de la conversación.

Al final, como suele suceder en las obras de Platón, la cuestión queda sin resolverse. Los viejos filósofos griegos se preguntaban cosas de este tipo: ¿qué es el bien? ¿qué es la felicidad? ¿qué es la justicia? e intentaban contestarlas en medio de un mundo que se hundía debido a la corrupción y la mediocridad políticas.

11/01/2008 00:22 sapereaude Filosofía No hay comentarios. Comentar.


Blog creado con Blogia.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras

Contrato Coloriuris